Algo falta.
El atardecer de un día calmo y pacífico tiñe cálidamente cada casa y planta a mi alrededor, mientras va alargando sombras, en especial la del ciruelo de adorno a mi espalda. Es en este momento en el que siento que unas pocas horas pasaron muy lentas y, a la vez, demasiado rápidas.
Ví las hojas de los altos álamos, de los ostentosos laureles y del majestuoso, aunque podado, paraíso del fondo, bailar con la suave y fresca brisa de las seis de la tarde, cuando me acurrucaba en el suave y potente perfume del pasto recién cortado, leyendo sobre aventuras, países remotos, realidades distintas.
Tan solo por eso puedo decir que hoy el tiempo no se detuvo, que los minutos no pararon, que los segundos se deslizaron con la fluidez de un día normal, uno como cualquier otro.
Pero no estoy convencida. Porque, a pesar de todo, sigo sintiendo que algo falta, que, si me doy vuelta y cierro los ojos confiada, o me ahogo en mis pensamientos aunque sea por un instante, voy a estar completa e imperturbablemente sola.
Y es una sensación opresiva. Aún más sabiendo que las únicas garantías que afirman que todavía sigo aquí es el calor que transmite el suave pelaje de mi perro y cuando siento que mis entrañas se estremecen con el canto de un pájaro cerca, con una melodía tan potente que, creo, sacude y penetra mente y corazón de una manera más permanente de la que le doy crédito.
Porque, aunque sé que no importa cuantas veces lo repita, aún me siento sola, con un gran e inexplicable vacío molestando en alguna parte adentro mío. Aunque sé que no tendría que estar pensando esto.
Y, aún más, todo sigue siendo frustrante porque, todavía, siento que algo (alguien) falta o, más bien dicho, sobra.
Y que, seguramente, ese algo (alguien) sea yo.








